29 Ago Cuando mamá ya no domina mi vida
Durante la infancia dependimos de nuestros padres para sobrevivir. Necesitábamos su cuidado, su protección, su mirada y su amor. Por eso, la dependencia emocional de los padres puede permanecer mucho más allá de la infancia, especialmente cuando ese amor no llegó como precisábamos y nos quedamos aguardando.
Esperando una aprobación.
Una palabra.
Un reconocimiento.
Un gesto que finalmente nos confirmara: ahora sí, eres importante para mí.
Y podemos llegar a adultos conservando intacto ese anhelo.
¿En qué lealtades seguimos?
Hacer la Biografía Humana nos permite acercarnos a nuestros padres reales, no con el fin de quererlos menos ni con la intención de juzgarlos, sino para darnos la oportunidad de comprender qué obtuvimos de ellos y también qué no pudimos recibir.
Es empezar a desmontar aquello que durante años dimos por verdadero. Porque muchas de las certezas con las que crecimos no nacieron de nosotros, sino de la manera en que nuestra familia entendía el mundo.
Podemos revisar las creencias heredadas, desarmar el discurso parental y reconocer el desamor, el miedo o la desprotección que pudo experimentar el niño que fuimos. Y, desde ahí, comenzar a preguntarnos:
¿Quiero seguir viviendo de esta manera?
Ahí empieza la posibilidad de escribir una historia propia.
Hay dos noticias: una mala y una buena
La mala noticia es que aquello que no obtuvimos de mamá cuando éramos niños no lo vamos a obtener.
Ese tiempo pasó.
Pero hay una noticia mucho mejor: ahora ya no lo necesitamos para sobrevivir.
Ya somos adultos. Nuestros padres ya no tienen la capacidad de abandonarnos como cuando éramos pequeños, dejarnos desprotegidos o expulsarnos de su reino poniendo en peligro nuestra supervivencia.
El peligro que sentimos entonces fue real para aquel niño. Pero hoy somos adultos y aquel peligro ya pasó.
Podemos tomar decisiones, alejarnos, acercarnos, poner límites, disentir e incluso construir una manera de vivir muy diferente a la que aprendimos.
La pregunta es: ¿nos lo vamos a permitir?
Amar a nuestros padres no significa seguir obedeciendo nuestra infancia
Retirar a nuestros padres aquella autoridad emocional no conlleva dejar de quererlos. Implica dejar de vivir bajo el miedo infantil a perder su amor.
Los padres, además, necesitan comprender que haber dado la vida a un hijo no garantiza que este deba quererlos de una determinada manera. Quizá la tarea se parezca más a la del agricultor que prepara la tierra, riega, cuida, protege, poda cuando es necesario y, finalmente, deja crecer.
Cuando seguimos buscando las migajas de amor
Hay otro territorio donde esta necesidad infantil puede reaparecer con enorme fuerza: la pareja.
Podemos identificarnos con ese niño interior que aún espera recibir el amor incondicional que no tuvo.
Y entonces pedimos a nuestra pareja, sin saberlo, que repare una historia que comenzó mucho antes de conocerla.
Buscamos ser elegidos, confirmados, reconocidos. Podemos sentir un enorme miedo cuando el otro se distancia o interpretar un desencuentro como la posibilidad de que nos abandonen.
Por eso, una parte importante del camino consiste en rescatar al adulto que habita en nosotros.
Una cosa es la necesidad infantil de ser amado y otra muy distinta poder circular en el amor sin convertir al otro en responsable de nuestra supervivencia emocional.
Quizá crecer sea justo eso. Comprender que somos capaces de amar sin desaparecer en el otro. Que podemos querer a nuestros padres sin continuar sometidos a su mirada. Que tenemos la capacidad de construir una pareja sin exigirle que cure las heridas de la infancia.
Y que el pasado que un día fue toda nuestra realidad puede dejar de decidir el futuro.
Soltar la historia no implica negarla.
Significa comprenderla lo suficiente como para poder empezar, por fin, la propia.
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